¿Tienes dudas con tus técnicas? Soluciona muchas de ellas: La curva de Tensión-Deformación de los Tejidos

Una duda muy razonable que aparece en muchas ocasiones en las consultas de Fisioterapia o a lo largo de la carrera de los fisioterapeutas es cuánta intensidad ha de aplicarse a la hora de aplicar algunas técnicas. Lo primero que tenemos que entender es que, como suele pasar en esta vida, la experiencia es un grado y, aquí también cuenta. Cuantos más pacientes se traten y más tejidos se trabajen mejores aptitudes tendrá el Fisioterapeuta (en ocasiones y como es lógico, por haberse equivocado en más de una ocasión) en lo que a la dosificación de ciertas técnicas se refiere. Ahora bien, la experiencia, muy valiosa, es menos fiable sin la ciencia de su lado y, por suerte, tenemos mucha ciencia que aplicar a la hora de entender como realizar técnicas que no son fácilmente mesurables.

En Farmacología, por ejemplo, no existe ese problema. Cuando los fármacos han desarrollado con éxito todas sus fases de estudio y llevan un tiempo relativo en el mercado, se sabe con bastante certeza la posología a aplicar según las características del paciente, su patología…en otras palabras, el principio activo de un fármaco y sus efectos son mesurables en un laboratorio y por lo tanto predecibles. Incluso en Fisioterapia, existe todo un abanico de aparatología dentro de la Electroterapia dónde podemos también aplicar de una manera bastante exacta una cantidad de julios, herzios, grados…

Ahora bien, si entramos en el terreno por ejemplo de la Terapia Manual, encontramos dificultad en muchas ocasiones para medir “la cantidad” a aplicar de una técnica (su fuerza de aplicación, duración…). Este problema lo encontramos, por ejemplo, detrás de un estiramiento, en la aplicación de masoterapia, en la cinesiterapia tras cirugía o al realizar una técnica miofascial.

Butler D. publicó, ya en el año 1978, un artículo muy completo junto a unos compañeros de la Universidad de Cincinatti en el que se mostraba con gran lujo de detalles el comportamiento de los tejidos colágenos al ser sometidos a tensión. Dichas gráficas, han sido replicadas y publicadas infinidad de veces hasta nuestros días en numerosos estudios y libros (recomendamos también en este sentido leer a Neiger H.)

Como podemos observar en ellas, cuando aplicamos tensión en un tejido, éste pasa por diferentes fases. Si analizamos en un primer momento un tejido vivo sano, con una longitud “X”, y comenzamos a deformarlo hasta alcanzar una tensión del 1%, estaremos atravesando lo que se denomina como fase elástica. En ella se producirá una puesta en tensión de las fibras de colágeno comenzarán a disponerse de manera paralela para adaptarse a las necesidades mecánicas de la deformación. Además, existe un cambio en la cantidad del líquido intersticial de dichas fibras. Si cesamos dicha tensión, el tejido recuperará su estado inicial de reposo sin sufrir variaciones.

Cuando la tensión comienza a sobrepasar el 1%, entramos en la denominada fase plástica. En esta fase las fibras del tejido seguirán buscando una disposición cada vez más paralela hasta su punto máximo siguiendo la tensión aplicada. En un primer momento, al comienzo de la fase plástica, los tejidos sufren una desorganización molecular (comenzando así la significativa deformación del tejido), para continuar con una segunda fase de deformación neta. Es por tanto en esta fase plástica dónde, si trabajamos de manera mantenida, conseguiremos cambios relevantes en la elasticidad de nuestros tejidos.

Ahora bien, si la tensión a la que sometemos al tejido supera el 8%, llegaremos a la fase de rotura. Si alcanzamos esta fase (o cuanto más nos acerquemos a ella) pondremos en riesgo las fibras del tejido que puede lesionarse de manera irreversible.

Podemos concluir, por tanto, que el punto óptimo de trabajo en cuanto a la elasticidad de los tejidos se refiere, requiere la consecución de cargas de manera repetida y mantenida en el tiempo que nos permitan someter al tejido a tensión hasta su fase plástica, sin avanzar en demasía en esta fase para no poner en marcha los mecanismos pro-inflamatorios locales ante una agresión tisular.

Ahora bien, si bien este tipo de diagramas genéricos son muy útiles, debemos tener en cuenta que no todos los tejidos ni todos los individuos son exactamente iguales. En el mismo artículo anteriormente citado, se muestran variaciones en la fuerza que tendremos que aplicar a un tejido para alcanzar una misma longitud si éste presenta un mayor número de fibras en corte transversal. En otras palabras, a mayor número de fibras en un corte transversal en un tejido respecto a otro de la misma longitud, variación de longitud para llegar a su punto de rotura será la misma, pero la fuerza a aplicar para llegar a ese punto tendrá que ser mayor.

Por otro lado, otro factor que afectará a la disposición exacta de la curva de tensión-deformación será la longitud inicial de las fibras de un tejido. Sinos encontramos ante dos tejidos de igual diámetro en cuanto al número de fibras, pero uno de ellos de mayor longitud, en ambos necesitaremos la misma fuerza para deformarlos, pero el segundo tendrá un recorrido mayor hasta llegar a su punto de rotura.

Si atendemos a la diversidad entre tejidos de diferentes longitudes y calibres que nos encontramos en un mismo sujeto, y más aún, entre diferentes sujetos de la misma especie, podemos concluir que no existe una fórmula mágica para determinar esa tensión aplicando técnicas con nuestras manos. Por ello, lo más recomendable es conocer la ciencia detrás de la física de los tejidos, hacer caso de la experiencia y guiarse por el sentido común. En este aspecto el dolor es nuestro mejor aliado. Si aplicamos fuerzas controladas, respetando la resistencia adversa que recibiremos en nuestras manos y escuchando a nuestro paciente para no acercarnos al límite de sus tejidos, obtendremos resultados satisfactorios y mantenidos en el tiempo.